La ira de Dios|Un mensaje olvidado

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Escrito por Pablo Flores Figueroa

 

“La costumbre moderna en toda la iglesia cristiana es la de restarle importancia a este tema. Los  que todavía creen en la ira de Dios (porque no todos creen) hablan poco de ella; tal vez no le den mayor importancia. A un mundo que se ha vendido descaradamente a los dioses de la codicia, el orgullo, el sexo y la autodeterminación, la iglesia le sigue hablando con desgana acerca de la bondad de Dios, pero no le dice prácticamente nada sobre el juicio. ¿Cuántas veces en los doce meses transcurridos ha oído el lector un sermón sobre la ira de Dios? ¿O cuántas veces, si se trata de un ministro del evangelio, ha predicado sobre el tema? Me pregunto cuánto tiempo hace que algún cristiano ha encarado el tema en programas de radio o televisión, o en alguno de esos breves sermones de media columna que aparecen en algunos diarios o revistas. (Y si alguien lo hiciese, me pregunto cuánto tiempo pasaría antes de que volviesen a pedir que hable o escriba.) El hecho es que el tema de la ira divina se ha convertido en un tabú en la sociedad moderna; y en general los cristianos han aceptado el tabú y se han acomodado de tal modo que jamás mencionan la cuestión” 

J. I. Packer, El Conocimiento del Dios Santo, p. 191.

Llevo mucho tiempo meditando sobre este tema. La ira de Dios es algo que ha desaparecido completamente del mensaje “evangélico” y protestante. Examinando algunos escritos contemporáneos como también algunos sermones (los más populares) me he dado cuenta que se vende un tipo de mensaje atractivo, uno que apela al romanticismo humanista y niega los juicios justos de Dios. ¿Cómo podemos predicar un mensaje de salvación sin la existencia de la merecida ira de Dios sobre el pecador? La respuesta es clara: solamente acomodando el mensaje a una audiencia para no confrontar el pecado. Lo terrible de esto es que negamos la revelación inspirada de Dios. Pero, si “damos una mirada a la concordancia nos revelará que en las Escrituras hay más referencias al enojo, al furor y la ira de Dios, que a Su amor y su benevolencia” (A. W. Pink).

El catecismo de Heidelberg pregunta 10 (refiriéndose al pecado) dice:

¿Dejará Dios sin castigo tal desobediencia y apostasía?

R: De ninguna manera; antes su ira se engrandece horriblemente, tanto por el pecado original como por aquellos que comentemos ahora, y quiere castigarlos, por su perfecta justicia, temporal o eternamente. Según ha dicho Él mismo: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la Ley, para hacerlas.

La Confesión de fe de Westminster, Capítulo VI.6 dice:

“Todo pecado, tanto original como propio, siendo una transgresión de la justa ley de Dios, y contrario a ella, por su propia naturaleza trae la culpa sobre el pecador, por lo cual, éste queda supeditado a la ira de Dios y a la maldición de la ley, y de esta manera queda sujeto a la muerte, con todas las miserias espirituales, temporales y eternas.”

El catecismo infantil pregunta 37 dice:

¿Qué merece todo pecado?

R: La ira y maldición de Dios.

Cuando no se entiende la gravedad del pecado y la Santidad de Dios se cometen los errores que hoy vemos en el mensaje contemporáneo. Antiguamente los teólogos reformados no estaban preocupados por caer bien a la audiencia, ni tampoco en acomodar el mensaje para no herir al oyente. El mismo apóstol Pablo predicó y enseño sobre la ira divina (Colosenses 3:6; Efesios 5:6; Romanos 1:18; 12:19). Al igual, el apóstol Juan escribe: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. ¿Qué ha pasado? ¿Somos tan engreídos que creemos ser capaces de hacer el trabajo mucho mejor que Dios? Hemos elevado nuestras formulas y métodos por encima de la revelación divina, no dejando lugar al poder del Espíritu Santo. En los sermones evangelizadores de los predicadores contemporáneos a menudo incorporan versículos sacados de contexto o una serie de textos que no se corresponden entre sí. La predicación y evangelización moderna, en búsqueda de un “evangelio simple”, favorece una mera fórmula, una presentación empaquetada, en lugar de todo el consejo de Dios.

Jonathan Edwards, uno de los grandes teólogos norteamericanos escribió:

“La ira de Dios es como aguas caudalosas que están refrenadas por ahora; pero aumentan más y más, y suben más y más, hasta que se les da salida, y cuanto más se les deja subir, con más velocidad y poder será su corriente cuando por fin se sueltan. Es cierto que el juicio contra tus obras perversas no se ha ejecutado todavía, los diluvios de la venganza han sido retenidos, pero mientras tanto, tu culpa aumenta constantemente, día tras día va juntando más ira y no es sino por la simple voluntad de Dios que detiene las aguas que no quieren ser detenidas y presionan fuertemente para salir. Si Dios tan solo retirara su mano de la compuerta, se abriría inmediatamente, y los feroces diluvios del furor y la ira de Dios arremeterían con una furia inconcebible, y caería sobre ti con poder omnipotente, y si tu fuerza fuera diez mil veces mayor de lo que es, hasta diez mil veces mayor que la fuerza del diablo más poderoso en el infierno, no sería nada para detenerla o resistirla. El arco de la ira de Dios está encorvado, la flecha lista en la cuerda, y la justicia apunta la flecha a tu corazón y estira el arco. No es otra cosa sino la mera determinación de Dios, y este un Dios airado, sin haber hecho ninguna promesa o tener ninguna obligación, que evita que la flecha se embriague con tu sangre.”

Un mensaje como este es extraño en este tiempo, es lejano y hasta (como muchos dirían)  sin amor. Pero la realidad bíblica es otra. No podemos presentar una buena noticia, sin presentar primeramente la mala. La ira de Dios está sobre el pecador, y es necesario que huya de aquella terrible ira que le amenaza todos los días de su vida.

J. I. Packer escribe:

“No cabe duda de que el tema de la ira divina ha sido considerado en el pasado en forma especulativa, irreverente, y hasta maliciosa. No cabe duda de que ha habido quienes han predicado la ira y la condenación sin lágrimas en los ojos ni dolor en el corazón. No cabe duda de que el espectáculo de algunas sectas que alegremente consignan a todo el mundo al infierno, aparte de ellos mismos, ha sido motivo de disgusto para muchos. Mas si queremos conocer a Dios, es imprescindible que nos enfrentemos con la verdad relativa a su ira, por más que esté pasada de moda la idea, y por fuertes que sean nuestros prejuicios iniciales contra ella. De otro modo, no podremos entender el evangelio de la salvación de la ira, ni la propiciación lograda por la cruz, ni la maravilla del amor redentor de Dios. Tampoco entenderemos la mano de Dios en la historia, y el proceder actual de Dios con los hombres de hoy; no le veremos pie ni cabeza al libro de Apocalipsis; nuestro evangelismo no tendrá la urgencia que recomienda Judas: “A otros salvad, arrebatándolos del fuego” (Judas 1:23). Ni nuestro conocimiento de Dios ni nuestro servicio para él se conformará a su Palabra”

Dios nos ayude a enfrentar la solemne realidad de su ira, y predicar fielmente el mensaje de salvación.

 

“Por lo tanto, todo aquel que está sin Cristo, despierte este instante y huya de la ira venidera. La ira del Dios Todopoderoso se cierne ahora sobre cada pecador no regenerado. Cada uno huya de Sodoma: “Escapa por tu vida; no mires tras ti… escapa al monte, no sea que perezcas”. -Jonathan Edwards

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